Los gigantes se marchan arrancando de la tierra un rascacielos o una gran superficie comercial o una estatua ecuestre o la Torre Eiffel, y se la encajan bajo el brazo como único equipaje. Entonces aguardamos durante meses, hasta que los nuevos gigantes llegan con su Torre del Oro echada al hombro o su Estatua de la Libertad o el Big Ben o un circo romano desmoronándose sobre nuestras cabezas, y lo plantan en uno de los numerosos solares repartidos por la ciudad.
Como feliz consecuencia, nuestras calles se convierten por temporadas en el lugar más maravilloso del mundo, y es bonito vestirse las mejores ropas y pasear bajo balcones venecianos dotados de fina decoración, cenar a la sombra de un tramo kilométrico de la Gran Muralla, besar al abrigo de la luz del Faro de Alejandría o deslizarse por unas caderas suaves ante la concentrada indiferencia de un grupo de moais recién traídos de la Isla de Pascua.
Y puede -pues dicen que la felicidad va por barrios- que al amanecer los recuerdos se marchen bajo el brazo de uno de aquellos viajeros, y no nos queden más que las fotografías disimulando apenas nuestro desamparo, hasta la próxima temporada.

Cactus, maravilloso. Yo todos los días espero que lleguen esos gigantes para que me traigan aunque sea un pequeña pirámide y la planten frente a mi casa. Enhorabuena, una gran micro, bello y monumental. Un saludo tempranero.
ResponderSuprimirSí, supongo que cada uno lleva los recuerdos a su manera, dependiendo de lo que el gigante le plante...
ResponderSuprimirBesitos
Aunque parezca imposible, todavía me sigo sorprendiendo al despertar y comprobar los mucho que han mejorado ciertos paisajes... mientras duermo.
ResponderSuprimirMaravillosos gigantes que nos adornan la vida, las fotografías y los recuerdos.
;)
Interpreto esta entrada como una referencia a las exposiciones itinerantes. También como lo recuerdo se diluyen con el tiempo y de vez en cuando los gigantes nos los acercan. Ahorita mismo te envío algunas fotos que te tengo guardadas.
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